OZZY OSBOURNE – Ordinary Man (2020) Review

Verdad. ¡Qué término tan absoluto y a la vez tan impreciso! ¿Cuántas veces se consigue estar soberanamente seguro sobre algo sin levantar diferentes opiniones al respecto? Pocas, muy pocas ocasiones. Quizás por ese motivo se acuñó la coletilla de que cada historia tiene tres caras: la tuya, la mía y la verdad. Una trinidad debatible hasta la infinidad que vuelve a encarnarse como la pescadilla que se muerde la cola.

Ozzy Osbourne regresa con nuevo material discográfico una década después de la edición de un Scream que padecía de cierto desapego hacia la hímnica impronta desplegada en la época dorada de las composiciones del Madman.

Diez años de idas y venidas, de reencuentros y despedidas de sus altamente cotizados músicos, de alboroto mediático, de accidentadas apariciones, de complicaciones de salud y cancelaciones varias. Y cuando todos temíamos por la precariedad vital de uno de los mayores mitos de nuestra idiosincrasia, contra todo pronóstico lógico, amanece Ordinary Man, onceavo disco oficial del señor de la oscuridad.

Y LA VERDAD es que estamos ante un más que competente disco, quizás el eslabón que parecía estar perdido desde No More Tears.

Por lo visto poco ha sabido Zack Wylde de este proyecto tras retornar al lado de su mentor hace un par de años más o menos, Gus G ni te cuento, por lo que me intrigaban que cuestiones han llevado al británico a editar disco rodeado de agentes externos a su formación actual. Una vez desmenuzado el disco hasta aborrecerlo sanamente, encuentro respuestas: Ozzy quería refrescar sus presunciones atributivas, divagar con otras compañías y posiblemente rejuvenecer su empeño.

Para ello se rodea de un diverso universo sonoro de pericia compositiva e instrumental, hora clásica, hora histriónica. A las guitarras y la producción hallamos a Andrew Watt que lo mismo gusta de rockear con Glenn Hughes en CALIFORNIA BREED, que se afianza en los cubre pantallas de nueva generación con el rapero POST MALONE mientras se ha ido ganando la vida con BLINK 182, LANA DEL REY o JUSTIN BIEBER. La sección rítmica apunta a apoteosis con el versátil Chad Smith de RED HOT CHILLI PEPPERS tras los tambores y el canallesco bajo de Duff Mckagan de GUNS AND ROSES. Pero para cuando la fiesta parece que podría decaer, hacen uso del teléfono para que se pasen por allí otros juerguistas profesionales que traen hielo y más alcohol en apariciones inflamables: Slash, Tom Morello de RAGE AGAINST THE MACHINE, Elton John o los raperos Post Malone y Travis Scott.

¿Y el resultado? Un disco mayúsculo con un sonido espectacular a la par que orgánico y con detalles estudiados para recaer tanto en lo esperado como en la contemporaneidad más desconcertante. Un redondo que haya su adecuación al presente, a la vanguardia, de la forma más sencilla: poseer esencia vintage SABBATH envenenada con un Fuzz cuasi constante en sus guitarras con ciertos añadidos de nostalgia y guiños evidentes.

De esta guisa coloniza ritmos pesados, oprimentes, liberados en ocasiones para que la reliquia se desfogue a gusto en un estado vocal envidiable, al menos en estudio, y retrotraiga nuestro estado mental al delirio de sus inicios. Así rezan la sobresaliente Straight To Hell, Goodbye (atentos a la pegada de Smith en este apareamiento indecoroso de intensidades).

Sin abandonar estos parámetros pero, con un poso mayormente continuista en su forma de exponer legado hasta su entrada en el nuevo milenio, nos deleita con esa bipolaridad de belleza/oscuridad, gentileza/malicia en los medios tiempos, a cada cual más atractivo y conseguido como son: All My Life (podría haber figurado sin aspavientos en No More Tears), la espléndida Under the Graveyard con su halo de “hit”, la vacilona Scary Little Green Man y las perfectamente adornadas, en su aspecto más coral, Today Is The End y Holy For Tonight (de lo más íntimo del artista y su influencia Beatle).

Para finalizar y demostrar que hace lo que le apetece, se marca la balada a la Changes que da título al disco, de tupido calado emocional y junto a nada menos que Sir Elton John y Slash (¿ese solo no es un descarte de algún Use Your Illusion?). Pianos y desgarro emocional no apto para todos los “Meatlheads” pero claro testamento de una carrera en la que los excesos también necesitan su reposo. Pero no acaba aquí su chulería ya que en Take What You Want se marca un tema “modernito” con sus colegas rappers como si el resto del disco no importara, ¿locura o influencia del mercado? Es Ozzy, ¡yo que coño sé!

MI VERDAD es que he disfrutado mucho de este disco, a pesar de cribar algunos de sus momentos: las a mi parecer menos agraciadas, Eat Me e It´s A Raid (“punkerizada” al máximo junto a Post Malone), pero eso en mi pellejo es habitual desde el icónico, y me reitero, No More Tears. En esta ocasión la media de temas que me han volado la cabeza ha sido más que superior a otros de sus lanzamientos. El efecto rejuvenecedor en su propio viraje al pasado factura unos riffs si bien menos intrincados y sin las consabidas “picadas made in Ozz” de sus “guitar héroes”, pero mucho más frescos y atrayentes, una reformulación de prioridades.

El sonido sólido y perfectamente producido del plástico, que en ocasiones suena a jam de estudio rodeando al mito, no titubea a la hora de añadir pinceladas de arreglos vocales y efectistas para lograr una experiencia a la altura de este acólito de lo oculto.

Ozzy suena al Ozzy insolente de sus inicios, aunque en madurez, por mucho que sobe hasta lo denunciable su faceta cómico/fantástica en su líricas. Esta responsabilidad no le permite ocultar que se acerca al ocaso de su carrera, forzándole a reflexionar en otros momentos de alta intensidad con unos medios tiempos logradísimos, dramáticos.

Y aunque no entienda porque cierra este Ordinary Man con un tema lleno de auto tune, bases programadas y protagonismo de dos notables figuras del Rap, desconfigurando la sensación final de sus intenciones a lo largo y ancho del presente, he de reconocer que la canción, fuera de contexto, está muy bien si no posees prejuicios, por mucho que yo hubiera deseado otro cañonazo de despedida.

Ordinary Man hace justicia al pleonasmo que siempre ha sido la frenética vida de este fenómeno de la naturaleza, pecando de vicios de adrenalina y auto sedación controladas servidas en bandejas de plata tras cortinas opacas de terciopelo. El show debe continuar.

TU VERDAD: Estoy deseando conocerla.


RATE/NOTA: 7/10

Jesús Alijo «Lux»

 

 

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