SKID ROW – Slave To The Grind (1991) Classic Review

English Review Below.

(11 de junio de 1991, Atlantic Records/WEA International Inc.) Primer álbum de Heavy Metal en alcanzar el número 1 en el Billboard 200.

Formación:

Sebastian Bach – Voz
Dave “The Snake” Sabo – Guitarras
Scotti Hill – Guitarras
Rachel Bolan – Bajo
Rob Affuso – Batería

“Outside my window there´s a
Whole loto f trouble comin´
The cartoon killers and the rag cover clones
Stack heels kickin´rhythm
Of social circumcision
Can´t closet he closet on a shoe box full of bones…”

Y en ese momento estallaba la voz de Sebastian Bach, tras insinuarse como una pantera negra con esos versos y una guitarra sin distorsión con matices Blues siguiendo la melodía, en un grito salvaje que te erizaba la piel y ponía de manifiesto el endurecimiento de las guitarras que, con una base rítmica a la Hard Rock perfectamente empaquetada, sonaban más Heavy que la mayoría de bandas precursoras reconocidas por el éxito comercial del momento en USA y que constaban como referencia irrefutable. Así abría Monkey Business la cara A de la oscura y artística portada a todo lujo, desplegable, a cargo del padre del vocalista y que ponía imagen al segundo disco de SKID ROW: Slave To The Grind. Impactante retablo retórico inspirado en la obra El Entierro de Santa Lucía de Caravaggio, que bien habría de hacernos presagiar que algo distinto se iba a cocer en este redondo, hecho que quedaba refrendado desde los primeros segundos en los ya que la aguja se posaba sobre el vinilo y nos mantenía con los ojos abiertos como platos, hasta que te dabas cuenta de que tenías que dar la vuelta y sucumbir, machacado, ante la cara B.

 

 

SKID ROW nacieron en 1986 de la mano de Dave Sabo y Rachel Bolan desde Tom Rivers, New Jersey, cuando reclutaron a Rob Affuso y Scotti Hill para acabar la formación con el vocalista Matt Fallon. Tras ver a un vital y portentoso Sebastian Bach cantar con tan solo dieciocho años en la boda del fotógrafo musical Mark Weiss, quedaron prendados de su imagen y poderío por lo que ingresó a formar parte de los SKID ROW clásicos y americanos, ya que tuvieron que pagar una pasta a Gary Moore para quedarse con el nombre. Éste tenía los derechos por su banda de idéntico apelativo a finales de los años sesenta en su Irlanda natal y los chicos malos de los barrios bajos ya tenían contrato discográfico bajo el brazo para entrar a grabar con nada menos que Michael Wagener, así que había que soltar la gallina para cumplir con lo previsto. 

¿De dónde salió dicha firma?

Pues hemos de remontarnos a años atrás, porque Sabo quien siendo amigo de juventud de Jon Bon Jovi, tocaba en la banda de éste hasta que apareció Richie Sambora. Ambos se prometieron que, si alguno alcanzaba la fama, ayudaría al otro en el negocio musical. Y así fue, ya que Doc McGhee, mánager de los Jovi, los consiguió un contrato con Atlantic Records. 

 Nació su homónimo disco atemporal que mamaba del mejor Hard Rock de la época con cierto filo más punzante y que fue un hito total con singles como 18 & Life o I Remember You, convirtiéndose en disco multi platino tras su salida en 1989.

Abrieron para Bon Jovi en la gira de New Jersey, para MÖTLEY CRÜE en su periplo Dr Feelgood, para MR BIG, AEROSMITH en la gira de Pump, por no mencionar el apoteósico Moscow Music Peace Festival. Anecdótico lo de este festival ideado por una sola vez para celebrarse en Moscú, en la antigua Unión Soviética, y establecer cooperación con los Estados Unidos y Europa en la lucha por la paz mundial y la guerra abierta contra el uso de drogas en el país. Lo tildo de anecdótico porque, mis señorías, observen el cartel y juzguen ustedes que clase de embajadores fueron seleccionados para tal evento… ¡Todos unos abstemios! 

 

 

Hubo multitud de problemas entre las bandas y su posición en el cartel, movidas en el backstage, pero al menos y como símbolo nació, de aquella apertura del régimen al nuevo mundo, el germen de inspiración para que SCORPIONS escribieran Wind Of Change, la banda sonora de la caída del Muro de Berlín y el final de la Unión Soviética. Pero eso ya es otra historia…

Volvemos al 11 de junio de 1991, al año Slave To The Grind. Michael Wagener de nuevo a los controles y en las sesiones de pre producción que se llevaron a cabo durante los compases finales de 1990, con una banda con las ideas claras y curtida ante los mejores escenarios, desencantados con la decadente escena “glammie” y sin intenciones de ser manipulados por la industria. Se usaron dos estudios para engendrar semejante daga diamantina, los NewRiver Studios en Fort Lauderdale, Florida y en los Scream Studios en Studio City California.

Su sonido se tornó más potente, más agresivo, más oscuro según sus propias letras lo requerían e incluso más macarra cuando los guaperas de las calles sórdidas querían jarana y hacer arder el mundo. Eso sin olvidar sus reposos meditativos y sentimentales que, lejos de la ñoñez de la década anterior, volvían a sentar precedente en el concepto “power ballad”, aquel demasiado sobado por la industria en casi la totalidad de discos editados en los años de gloria de la música ochentera y que con ellos tomaba nuevamente sentido, sentimiento, sensibilidad y conciencia más allá de ejercer de estimulante para la procreación.

He aquí uno de los puntos álgidos de sus composiciones, las letras. En ellas se despojan de los clichés del exceso de azúcar, del coqueteo con el sexo fácil, de las proclamas juveniles trasnochadas y de la fiesta como antidepresivo natural para poder vivir en la colorida jungla de tactel, hombreras, maquillaje, flecos, jeans y chupas glamurosas o gabardinas, según tu rol en el juego. Aquí el ingenio lírico se erige en la mordacidad, la ironía, el sarcasmo, la ira, la introspección y la frustración. Escribieron algunos de los mejores versos ya no sólo de su generación como banda, sino también de la historia de la música reciente, tan verosímiles y actuales a día de hoy, como dolorosos o emocionantes son sus mensajes, con alta carga de creatividad e ingenio para describir su descontento con la religión y con las nuevas vías que recapitulaban la forma de vida en la nueva década o con las drogas que tan duramente habían golpeado a toda una generación perdida. Estaban marcados por la mágica realidad de New Jersey y su profeta de clase obrera masiva, Bruce Springsteen, aunque desde el lado afilado de la navaja. También tenían las agallas para clamar por las aceras que los vieron madurar tempranamente y en las que se orinaban con discursos “anti todo” y “anti nada”, pura provocación juvenil mal sanada y simplemente vomitada con escarnio, como el que lanza una botella de cristal al suelo y se arremanga ante una posible reacción.

Todo SKID ROW era un ente orgánico, un depredador neuronal que funcionaba al unísono, con un sonido nítido donde cada golpe de bombo, caja o estallido de platos estaba tan presente como las líneas de bajo que firmaba un increíblemente necesario Bolan para dejar que dos de los mejores guitarras de todo el movimiento, creativos y clásicos a la vez, siempre imbuidos en el más puro “feeling” natural, camparan a sus anchas con un logrado sonido ligeramente sucio, buscado de forma intencionada para enturbiar, más aún, su chulesco caminar a codazos entre los adormilados románticos de los dinosaurios radiofónicos a punto de extinguirse. 

Sobre este muro sónico se alzaba para las multitudes una imagen de Adonis físico, terrenal, dotado de un don vocal monstruoso; la del gigantesco portavoz de su mensaje enfermo, un salvaje predicador en estado de gracia absoluta con sus desgarradas infamias y sus cristalinos cantos de cisne, como si de Jeckyll y su Hyde se alimentara. Imponía vértigo con su cólera alcanzando punzantes agudos insostenibles y, como Dorian Grey, manteniendo el reflejo de la belleza en sus sentidas interpretaciones pausadas, fusionando las intensidades de ambas a su antojo para conseguir retorcer nuestro corazón en los momentos de mayor vehemencia nostálgica.

Como decíamos y entrando ya propiamente en el disco, abrían la cara A con Monkey Business todo un bofetón en la cara y cuyo video no paraba de rotar en la MTV, para pasarnos por encima, cuatro minutos y diecisiete segundos después, con un arrollador Heavy que miraba de reojo al imperativo del momento Thrash, salvando las distancias, en el tema que da título al disco. Completando el trio inicial, una vacilona pero inútilmente galvanizada The Threat, corrosiva desde sus cimientos y apoyada en otro de los tantos ganadores del equipo: los coros vagabundos escupidos al unísono reunidos en torno a una botella de aguardiente inconformista.

Primer respiro con la seudo bajada de revoluciones de Quicksand Jesus, pero ¿realmente podemos albergar descanso en el calado de su concepto y en sus altares de opulencia decibélica a la hora de latiguear nuestra inquietud espiritual? Imposible. 

Terminamos este primer asalto con dos puñetazos directos a nuestro mentón y procedentes de diferentes brazos. Primero la ácida y férrea Psycho Love que hace recorrer por tu espina dorsal un escalofrío inquietante en su puente-pre solo con unos arpegios frívolos acunando la espectral voz de Sebastian, y su posterior detonación instrumental. El golpe que nos hace caer de culo viene de la rockera y punkerizada actitud provocadora de Get The Fuck Out en menos de tres minutos, ideal para vociferar y quitarte tanto el estrés acumulado como el peso de la seriedad que estaba recayendo sobre tus hombros.

Turn on the TV ´cause I got nowhere to go
Seems like there´s a Little trouble down in Mexico
A 13-year-old boy robs a store so he can eat
And they got him doing time while killers walk the streets
A hungry politician is the wolf´s that´s at the door
Hell-bent on submission and feedin´on the poor…”

Treinta años después y, como rezaban las primeras frases de Livin´On A Chain Gang, apertura de la cara B (añoranza de vinilo), poco o nada nada ha cambiado de lo que nos relataban en un Hard Rock altamente dopado de esteroides metaleros, con cojones, como si de un diario revolucionario se tratara. Los solos de guitarra diferenciados en cada canal funcionan a la perfección para realizarnos una lobotomía justificada para paliar nuestra dejadez y ausencia de memoria histórica, así como para reflejar la audacia tanto de “the Snake” como de Hill para mantenernos alerta en sus detalles y exposiciones. Vamos, para obligarnos a centrarnos…

Creepshow con sus detalles Funk y su cadencia Groove, añadidos a la pesadez de sus riffs, podría resultar una versión de tachuelas de la marca EXTREME, más liviana en su misiva, pero igualmente maltratada por su linaje barriobajero.

Entonces entra en escena una emotiva In A Darkened Room alcanzando una belleza llena de desasosiego, y es que la dureza de su historia, el abuso a menores, queda tremendamente trazado con donaire a través de un Sebastian pletórico sobre el lienzo musical, melancólico y frío, que sus compañeros extienden para él. Inolvidable.

Nos sacudimos la mala hostia que te deja el pensar el daño que unos depravados pueden acarrearle a un menor con el Metal Punk de la incandescente Riot Act y acto seguido deliberamos en la condena que nos auto infligimos en la losa rítmica que muele nuestros huesos, una y otra vez, compás a compás, en Mudkicker (¡ojo cuando se doblan y armonizan las guitarras de los maestros de ceremonias!, ¡apabullante!).

Para despedirse utilizan el tema más hermoso que han realizado para un humilde servidor, tanto por lo preciosista de sus letras describiendo el duro mundo de las enfermedades mentales y sus consecuencias, como por la interpretación magistral de Bach, llevada al extremo por la naturaleza desbocada de una banda que crea atmósferas de incalculable oscilación anímica inclusive cuando estrangulan hasta el límite al propio aire que los ha de nutrir para su siguiente exhalación de buen gusto. Wasted Time nunca dejará de acompañarme.

Hasta aquí narro lo que yo llegué a conocer, absorber y nunca poder olvidar sobre su lanzamiento original. Después ya sabéis, aparecen reediciones y te encuentras con un Beggar´s Day como bonus track que no hubiese añadido más a la obra y que, como regalo de los años, acabas apreciando a pesar de no alcanzar el nivel de los temas que hubiesen sido sus hermanos si hubiese sido incluido en la edición original.

Volvieron a estar en boca de todo el mundo: acercaron a muchas damiselas al mundo más metálico con el infalible encanto de su gancho comercial visual, los hardrockeros no les dieron la espalda, los “jevis” les dieron el visto bueno y, cualquiera con un pelín de gusto musical y comprensión de su idioma quedó atrapado por el crecimiento cualitativo y cuantitativo de SKID ROW en tan solo dos años.

Aparte de fechorías y polémicas innecesarias que se produjeron en los conciertos de presentación del nuevo vástago de la banda, me parece notable apuntar que abrieron para sus amigos y liantes de época G`N´R, que participaron en el mítico Monsters Of Rock de Donington en 1992 junto a IRON MAIDEN, SLAYER, W.A.S.P., THUNDER y THE ALMIGHTY, amén de encabezar su propia gira mundial con los teloneros de lujo PANTERA y SOUNDGARDEN. Si consigues esto en tres años, ¿acaso no mereces un hueco entre los grandes del género? Mi respuesta es rotunda: ¡SÍ!

OBRA MAESTRA.

Jesús Alijo Lux

 

 

ENGLISH REVIEW

SKID ROW

Slave To The Grind 

(June 11, 1991, Atlantic Records/WEA International Inc.)

First heavy metal album to reach #1 on the Billboard 200.

Lineup:

Sebastian Bach – Vocals
Dave «The Snake» Sabo – Guitars
Scotti Hill – Guitars
Rachel Bolan – Bass
Rob Affuso – Drums

“Outside my window there´s a
Whole loto f trouble comin´
The cartoon killers and the rag cover clones
Stack heels kickin´rhythm
Of social circumcision
Can´t closet he closet on a shoe box full of bones…”

And at that moment Sebastian Bach’s voice burst out, after insinuating itself as a black panther with those verses and a guitar without distortion with Blues shades following the melody, in a wild scream that made your skin crawl and showed the hardening of the guitars that, with a perfectly packaged Hard Rock rhythmic base, sounded heavier than most of the precursor bands recognized by the commercial success of the moment in the USA and that were an irrefutable reference. This is how Monkey Business opened the A-side of the dark and artistic cover, with all luxury, fold-out, in charge of the father of the vocalist and that put image to the second album of SKID ROW: Slave To The Grind. Shocking rhetorical altarpiece inspired by the work The Burial of Saint Lucia by Caravaggio, which would have made us presage that something different was going to be cooked in this album, a fact that was endorsed from the first seconds in which the needle rested on the vinyl and kept us with our eyes open like plates, until you realized that you had to turn around and succumb, crushed, before the B side.

SKID ROW was born in 1986 by Dave Sabo and Rachel Bolan from Tom Rivers, New Jersey, when they recruited Rob Affuso and Scotti Hill to finish the line-up with vocalist Matt Fallon. After seeing a vital and powerful Sebastian Bach sing at the age of eighteen at the wedding of music photographer Mark Weiss, they were captivated by his image and power so he became part of the classic American SKID ROW, as they had to pay a lot of money to Gary Moore to keep the name. He had the rights to his band of the same name in the late sixties in his native Ireland and the bad boys from the slums already had a record deal to record with none other than Michael Wagener, so the chicken had to be let out of the bag to deliver.

Where did this signing come from?

Well, we have to go back years, because Sabo, who being a friend of Jon Bon Jovi’s youth, played in his band until Richie Sambora came along. Both promised each other that, if one of them achieved fame, he would help the other in the music business. And so it was, as Doc McGhee, the Jovi’s manager, got them a contract with Atlantic Records.

Their homonymous timeless album was born, which sucked the best Hard Rock of the time with a certain sharp edge and was a total milestone with singles like 18 & Life or I Remember You, becoming a multi platinum album after its release in 1989.

They opened for Bon Jovi on the New Jersey tour, for MÖTLEY CRÜE on their Dr Feelgood tour, for MR BIG, AEROSMITH on the Pump tour, not to mention the apotheosis Moscow Music Peace Festival. Anecdotal about this one-time festival conceived to be held in Moscow, in the former Soviet Union, to establish cooperation with the United States and Europe in the fight for world peace and the open war against drug use in the country. I call it anecdotal because, ladies and gentlemen, look at the poster and judge for yourselves what kind of ambassadors were selected for such an event… All teetotalers!

There were many problems between the bands and their position in the line-up, backstage moves, but at least and as a symbol was born, from that opening of the regime to the new world, the seed of inspiration for SCORPIONS to write Wind Of Change, the soundtrack of the fall of the Berlin Wall and the end of the Soviet Union. But that’s another story…

We go back to June 11, 1991, the year of Slave To The Grind. Michael Wagener again at the controls and in the pre-production sessions that took place during the final stages of 1990, with a band with clear ideas and seasoned in front of the best stages, disenchanted with the decadent «glammie» scene and with no intention of being manipulated by the industry. Two studios were used to generate such a diamond dagger, NewRiver Studios in Fort Lauderdale, Florida and Scream Studios in Studio City California.

Their sound became more powerful, more aggressive, darker as their own lyrics required, and even more macabre when the street toughs of the seedy streets wanted to party and set the world on fire. That without forgetting their meditative and sentimental rests that, far from the sappiness of the previous decade, set a new precedent in the concept of «power ballad», the one too much used by the industry in almost all the records released in the glory years of the eighties music and that with them took again sense, feeling, sensibility and conscience beyond being a stimulant for procreation.

This is one of the high points of their compositions, the lyrics. In them they shed the clichés of excess sugar, flirtation with easy sex, late-night youthful proclamations and partying as a natural antidepressant in order to live in the colorful jungle of tactel, shoulder pads, make-up, bangs, jeans and glamorous jackets or trench coats, depending on your role in the game. Here lyrical wit stands for biting, irony, sarcasm, anger, introspection and frustration. They wrote some of the best verses not only of their generation as a band, but also in the history of recent music, as plausible and current today, as painful or moving are their messages, with a high load of creativity and wit to describe their discontent with religion and with the new ways that recapitulated the way of life in the new decade or with drugs that had hit so hard a whole lost generation. They were marked by the magical reality of New Jersey and its massive working class prophet, Bruce Springsteen, albeit from the razor sharp side. They also had the guts to cry out for the sidewalks that saw them mature early and on which they pissed themselves with «anti-everything» and «anti-anything» speeches, pure youthful provocation badly healed and simply spewed with scorn, like one who throws a glass bottle on the ground and rolls up his sleeves in the face of a possible backlash.

The whole SKID ROW was an organic entity, a neuronal predator that worked in unison, with a clear sound where every bass drum, snare or cymbal blast was as present as the bass lines signed by an incredibly necessary Bolan to let two of the best guitars of the whole movement, creative and classic at the same time, always imbued with the purest natural «feeling», to walk at ease with a slightly dirty sound, intentionally sought to cloud, even more, their cocky elbowing walk among the sleepy romantics of the radio dinosaurs on the verge of extinction.

Over this sonic wall, an image of a physical, earthly Adonis, endowed with a monstrous vocal gift, rose for the multitudes; that of the gigantic spokesman of his sick message, a savage preacher in a state of absolute grace with his torn infamies and his crystalline swan songs, as if he were feeding on Jeckyll and his Hyde. He imposed vertigo with his anger, reaching sharp and unsustainable peaks and, like Dorian Grey, maintaining the reflection of beauty in his heartfelt slow interpretations, merging the intensities of both at will to twist our hearts in the moments of greatest nostalgic vehemence.

As we were saying and entering the album properly, they opened side A with Monkey Business, a slap in the face and whose video did not stop rotating on MTV, to go over us, four minutes and seventeen seconds later, with an overwhelming Heavy that looked sideways to the imperative of the Thrash moment, saving the distances, in the theme that gives title to the album. Completing the initial trio, a hesitant but uselessly galvanized The Threat, corrosive from its foundations and supported by another of the many winners of the team: the wandering choruses spat in unison gathered around a bottle of nonconformist brandy.

First respite with Quicksand Jesus’s pseudo-revving down, but can we really rest on the depth of its concept and its altars of decibelic opulence when it comes to punishing our spiritual restlessness? Impossible.

We finish this first round with two direct punches to our chin and coming from different arms. First the acid and iron Psycho Love that makes a disturbing shiver run down your spine in its pre-solo bridge with frivolous arpeggios cradling Sebastian’s spectral voice, and its subsequent instrumental detonation. The ass-kicking blow comes from the rocking and punkerized provocative attitude of Get The Fuck Out in less than three minutes, ideal to rant and shake off both the accumulated stress and the weight of seriousness that was falling on your shoulders.

Turn on the TV ´cause I got nowhere to go
Seems like there´s a Little trouble down in Mexico
A 13-year-old boy robs a store so he can eat
And they got him doing time while killers walk the streets
A hungry politician is the wolf´s that´s at the door
Hell-bent on submission and feedin´on the poor…”

Thirty years later and, as the first sentences of Livin’On A Chain Gang, the opening of the B-side (vinyl longing), read, little or nothing has changed from what they told us in a Hard Rock highly doped with metal steroids, with balls, as if it were a revolutionary diary. The guitar solos differentiated in each channel work perfectly to perform a justified lobotomy to palliate our laziness and absence of historical memory, as well as to reflect the audacity of both «the Snake» and Hill to keep us alert in their details and expositions. Come on, to force us to focus….

Creepshow with its Funk details and Groove cadence, added to the heaviness of its riffs, could turn out to be a tacked-on version of the EXTREME brand, lighter in its missive, but equally battered by its slumming lineage.

Then enters an emotional In A Darkened Room reaching a beauty full of uneasiness, and the harshness of his story, the abuse of minors, is tremendously traced with grace through a plethoric Sebastian on the musical canvas, melancholic and cold, that his companions extend for him. Unforgettable.

We shake off the bad feeling that the thought of the harm that some depraved people can bring to a minor with the Metal Punk of the incandescent Riot Act and then we deliberate on the condemnation that we inflict on ourselves in the rhythmic slab that grinds our bones, over and over again, measure by measure, in Mudkicker (watch out when the guitars of the masters of ceremonies bend and harmonize, overwhelming!)

To say goodbye they use the most beautiful song they have ever made for a humble servant, both for the preciousness of its lyrics describing the harsh world of mental illness and its consequences, and for the masterful interpretation of Bach, taken to the extreme by the unbridled nature of a band that creates atmospheres of incalculable mood oscillation even when they strangle to the limit the very air that has to nourish them for their next exhalation of good taste. Wasted Time will never cease to accompany me.

So far I narrate what I got to know, absorb and never forget about their original release. Then you know, reissues appear and you find yourself with a Beggar’s Day as a bonus track that would not have added more to the work and that, as a gift of the years, you end up appreciating despite not reaching the level of the songs that would have been their brothers if it had been included in the original edition.

They were again on everybody’s lips: they brought many damsels closer to the more metallic world with the infallible charm of their visual commercial hook, the hard rockers didn’t turn their backs on them, the «jevis» gave them the thumbs up, and anybody with a little bit of musical taste and understanding of their language got caught by the qualitative and quantitative growth of SKID ROW in only two years.

Apart from unnecessary misdeeds and controversies that took place in the presentation concerts of the new offspring of the band, it seems to me remarkable to point out that they opened for their friends and vintage G’N’R, who participated in the mythical Monsters Of Rock at Donington in 1992 together with IRON MAIDEN, SLAYER, W.A.S.P., THUNDER and THE ALMIGHTY, as well as headlining their own world tour with the opening acts PANTERA and SOUNDGARDEN. If you achieve this in three years, don’t you deserve a place among the greats of the genre? My answer is a resounding YES!

MASTERPIECE.

Jesús Alijo Lux

 

 

Comments are closed.