VIXEN: SEXO, VERDADES Y UN DISCO DE VINILO

Aprovechando el paso de Vixen por la península, Jesús Mujico nos deja su siempre particular visión de los deshechos.

El camino de vuelta a altas horas de la madrugada de una nueva experiencia en directo combinado con la soledad de la carretera suele amenazar con que la mente divague en infinidad de aspectos de lo vivido, e incluso persiguiendo recuerdos que nunca antes habían aflorado. Te sumerges tan profundamente en la levitación que pareces perder hasta el control de la conducción.

6Haciendo un ejercicio de nostalgia me viene a la cabeza unas imágenes de un joven cumpliendo “honrosamente” con su patria, en una ilustre ciudad castellana a finales de los ochenta. En una   de esas tardes que los domadores de hombres soltaban a las fieras ávidas de evadirse de una rutina espartana, nuestro personaje que convertía su tiempo de ocio en un hábito musical intransigente, solo podía tener su destino en una de las muchas tiendas de discos que antaño poblaban las calles de nuestras ciudades. Escarbando en cualquier estantería apareció ante sus ojos un vinilo con una sugerente portada de una espectacular moto que dejaba entrever una bota femenina, y una mejor contraportada de cuatro féminas con una estética para encender la chispa mental obsesiva de cualquier veinteañero. El resultado final, después de un constante manoseo del redondo, funda interior y carpeta, en el que las dudas asolaban por la falta de conocimiento y más que nada porque los gastos a esas edades generaban días y días de sequía, fue que lo terminaría comprando, más por los ojos que por la incertidumbre de un contenido que colmara sus apetencias musicales. El marketing había conseguido su propósito y ahora tocaba conocer lo que aquellos objetos del deseo eran realmente capaces de ofrecer. Aquel joven, que había evolucionado por diversas etapas musicales, disfrutaba en esos años apasionadamente del legado de los de Jersey y acólitos. Pero aquel sonido pulido con estribillos comerciales y composiciones made by Richard Marx, Fee Waybill, Jeff Paris o el propio Jon Butcher, le resultó lo que actualmente denominaríamos “canciones molonas” –definición que le damos a esos temas insulsos que tienen poco trasfondo que ofrecer, con estribillo de fácil accesibilidad y que durante un par de semanas tarareamos hasta en la cola de la caja del supermercado. Además nos justifica ante el escepticismo de los aparentemente más expertos, entendiendo que no son gran cosa pero para nosotros es suficiente-. Seguramente la música quedaba en un segundo plano y no iba a ser decisiva. ¡Había tantas bandas de nivel!. Pero aquellos vídeos que nos regalaba la MTV adornaban el producto tan hábilmente que conseguían el efecto deseado; aquella calle oscura llena de niebla y coches de lujo aparcados, en la que entre luces se deslizaban sus sensuales siluetas de su primer single, forjó sus noches húmedas, sin sangre, mucho sudor y ninguna lágrima. Cuando hubo una mínima oportunidad de tener enfrente la carne que nos vendían, no hubo ninguna duda; una dura noche de invierno en un concierto en la capital del reino que abrían para Scorpions , se escapó de su cárcel obligada por el estado e iba a matar dos pájaros de un tiro.

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Por situarnos en la justa medida de la época, la España de la transición con latentes vestigios del pasado todavía no había traspasado el umbral correcto de educación en materia de la igualdad de sexos. Y aunque ya existía en la juventud unos ciertos signos de rebeldía con visos de cambio era más una revolución de estética y libertades que de progreso pedagógico. Además, había que añadirle el machismo absoluto que existía en el concepto Rock en un mundo dominado por hombres. En ese contexto era prácticamente inasumible tomarse en serio a mujeres haciendo Rock.

Aquella noche las americanas salieron a escena ante un público que abarrotaba el desaparecido pabellón de deportes de la Castellana y que prácticamente en su totalidad tenía el mismo conocimiento de su existencia que un servidor de la polinización de las amapolas. Sin embargo, cuando en general en eventos protagonizados por grandes estrellas a las bandas teloneras, “la educada y entendida masa asistente” o las ignora o las silva para que supuestamente dejen de pegar el coñazo, en aquella ocasión tuvo connotaciones distintas.  No tengo muy claro si en el populacho el efecto “mujeres objeto” consiguió su propósito dejándonos boquiabiertos, o fue el alarde espectacular de la mezcla perfecta entre movimientos cumplidamente trabajados, una entrega sin remisión, y la perfecta ejecución de unas canciones que en directo y con un sonido cristalino sonaban más rockeras . A esto habría que añadir, complementado por un escenario de luces y color como mandaban los cánones. Era un tiempo en el que los dólares no tenían límites para estos eventos. Sea como fuere, por una razón o por otra, aunque seguramente fuera por el conjunto de ambas, las gradas y el suelo aullaron de admiración. El dedo pulgar de la parroquia se tornó hacia arriba, y pasaron el examen con tanta nota que además de vender en nuestro país unos cuantos miles de copias de su disco debut, pasaron a competir por el preciado trono de tener más pegatinas fotográficas en las carpetas de los estudiantes masculinos, que de Jon Bon Jovi y Joey Tempest en las femeninas.

Disfrutar del directo de una banda en su primera vez siempre es especial. Suele estar inmersa de una carga emocional que desaparece en posteriores ocasiones. El factor expectativa con seguridad le da un plus que hace mayor la sensación de deleite. Y sin entrar a matizar exhaustiva y subjetivamente aquella descarga, a aquel joven ,inicialmente con certeza imbuido del espíritu de aquella España, le quedaron sensaciones sobre todo de sorpresa; atraído por la carne en un evidente producto de diseño, como tantos otros por no decir casi todos, razonó que no sólo el envoltorio tenía una excelente decoración, además, había contenido. Aquellas chavalas por las que no mostró el debido respeto, como así reveló meses antes a la hora de comprar su vinilo, ¡no solo ofrecían la chispa de la vida sino que además mostraban con solvencia su oficio! Una lección en ese continúo aprendizaje que afortunadamente nos regala la vida.

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Veinticuatro años después, en la Sala Rock City de la ciudad del polémico Robin de Loxley, héroe que dicen robaba a los ricos para dar a los pobres, Janet, Roxi, Share y Gina, sin denominación de origen por pérdida en los juzgados, dando título honorífico por sus propios nombres de pila, generaron un terremoto en la escala 6 de Richter con un resultado de 1200 almas extasiadas. El Firefest elevó al trono a quien seguramente ninguno de los que estábamos allí podíamos pronosticar. Al igual que el héroe local, robaron nuestros ricos corazones para aumentar nuestro pobre espíritu perdido que dudaba de que todavía hubiera esperanza para la autenticidad en directo del rock melódico. Y eso a pesar de que la nueva corre mástiles pareciera físicamente la hermana gemela de la malvada hechicera de la película Robin Hood de Kevin Kostner. Ni siquiera sus conjuros en forma de solos con coloridos distintos a los que parece requerir la música de nuestras heroínas nos trastocaba los planes. El bien venció al mal porque aquello era real; coros sin ayudas artificiales, a puro ovario – que vayan tomando nota los justificadores de lo mediocre-. Una base rítmica poderosa que manejaba la doble P a su antojo. Una vocalista que nos elevó al cielo de lo sublime en su colección de registros. Y sobre todo la combinación de un cristalino y perfecto sonido con una actitud y una intensidad que doblaba la vivida casi un cuarto de siglo antes. No había escenario revestido de miles de dólares, pero a quién le importaba el fuego y artificio cuando los principales valores eran sobresalientes. Cuanta más madurez más sabiduría, más belleza, más experiencia, más hambre… ¿algún menos? Si, menos vanidad. Una segunda lección por si quedaba alguna duda.

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Después del espectáculo de los 80’s y el torbellino del año anterior en Nottinghan era inevitable conocer de primera mano si en un tercer acto íbamos a seguir consolidando nuestra admiración por una banda que recién había recuperado su título nobiliario, aunque fuera a costa del desgraciado fallecimiento de una de sus aristocráticas cofundadoras. Jan era la encargada de darle poesía a las canciones aunque sus odas no tuvieran excesivas aptitudes, pero es de ley concederla unos momentos de recuerdo.

Un año después, en la intachable Santana-27 de la ilustre ciudad de Bilbo, nos encontrábamos dispuestos a dejarnos hipnotizar a nada que las americanas tiraran de manual, pero su arranque no hacía presagiar que la historia iba a repetirse. Un sonido con escaso volumen, aunque hacia la mitad del evento casi fuera nítido -El rock requiere de un volumen que llene todo tu espacio vital. Es electricidad en vena. No da lugar a medias tintas-. Una Janet que pareció un Guadiana vocal. Con muchísimos altibajos. Capaz en ocasiones de alcanzar registros sin límite y en otras dar sensación de que su voz se había ido de vacaciones. Una actitud enmascarada por poses de video-clips muy descafeinados, sin la intensidad y el ritmo de otras ocasiones. Algún que otro tema con escasa convicción de ensayo. Y por supuesto, la suma de todos estos aspectos negativos dejaba franco y en evidencia algo más importante y que un año antes, dado la magnitud de la traca, no habíamos reparado- Y si lo habíamos hecho no le dimos la importancia suficiente, o a lo mejor no fue tan pronunciado-. Todos sabemos que cada guitarrista tiene su personalidad pero su sentir debe estar al servicio de las canciones. Si decíamos que Jan, aunque tuviera su déficit, al tocar un solo generaba poesía, Gina recita la tabla de multiplicar con todos los números en acción de ida y vuelta, incluido por dos y tres cifras. Más que tocar, masturba las cuerdas. Pero de una forma tan violenta que difícilmente puede producirse una explosión de éxtasis. Más que placer nos hace daño. Y lo peor es que lo hace durante la totalidad del set. Sus escalas de Motos GP parecen más un relleno encajado con calzador, o un jam improvisado, que un intento por dar su impronta a unas canciones que pierden su esencia. No todo iba a ser negativo y en su haber seguimos comprobando que la base rítmica en esta formación sigue siendo la madre de todas las batallas, y que los coros de Pedersen siguen siendo dibujos en el cielo con destino a la gloria. En definitiva, un concierto que sin referencias se convierte en muy disfrutable, con ellas, se quedó en una pachanga deportiva con equipos a medio gas. Una tercera lección que sin duda nos deja una incógnita para la próxima.

Acabo de aparcar al lado del portal de mi casa y no tengo ni idea de cómo he llegado hasta aquí. Quiero revivir como he dado tal o cual curva y solo recuerdo que empecé a gestionar mis vivencias cerca de la población de Sodupe. ¿Es posible circular 65 kms en tan abstraído estado? En fin, sí debe de ser posible!! Que todo sea por un momento intenso de nostalgia rememorando una historia de sexo, de mis verdades, que son personales e intransferibles, y de un disco de vinilo. Un disco que sumergido en el polvo de la estantería no importa si su contenido está olvidado, era mediocre, o una obra de arte, tiene una historia que contar y no solamente es valorable por su música sino por la capacidad de hacerte crecer.

Jesús Mujico
Galaxia Del Rock

2 comments on “VIXEN: SEXO, VERDADES Y UN DISCO DE VINILO

  1. Me encanta tu relato Jesús.

  2. Amén, tocayo!!!!!

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