WARRANT – Dog eat dog (1992)

Las luces de neón sucumbieron ante imponentes focos de realidad que apremiaban la desbandada general. La bacanal hard roquera, aor y metal que había durado años, el gran dinosaurio que arrasó con millones de discos con una estética medida al milímetro, sucumbía ante la llegada de unos años noventa convulsos, discretamente camuflados como para no ver una letal arma empuñada para, de un golpe certero, acabar con el glamour y la ostentación de un sueño prolongado hasta la extenuación.

La oligarquía discográfica, siempre vigilante, descubrió que con un puñado de dólares también se podían facturar sustanciales beneficios, en detrimento del derroche financiero que suponían las mastodónticas producciones de los títeres del momento. El explotado cliché de sexo drogas y rock and roll y la euforia desmedida de los años locos dieron paso a la reflexión, la introspección y la intimidad de los demonios personales. Otro depredador cobraba vida, el grunge. La fiesta había acabado. Una gran mayoría de la marea de estrellas erigidas como imperecederas, decidieron abandonar por la puerta de atrás, deshaciéndose de los principios de los que hicieron gala durante su auge para, lamentablemente, subirse a un barco de destino incierto y proveniencia ajena, desprovistos del equipaje al que se habían aferrado como fe inquebrantable en sus años de predicadores multitudinarios.

Otros, los menos, decidieron desandar sus pasos de alfombra roja y salir por la entrada principal, exhibiendo su monumental resaca, dejándose correr el rimmel entre risas histriónicas y lágrimas de diamante, pero, con la cabeza alta, jaleando su amor por las calles que les vieron nacer y ahora les debían acoger.

Warrant fueron un claro exponente tras dos discos de metal de chicle de fresa, de hard rock comercial, de aor de jóvenes rebeldes, de sexualidad adolescente rockera y de discurso fácilmente rebatible. Decidieron relanzar su carrera. Despojándose de los pañuelos de colores y los cardados estrafalarios, se entallaron de nuevo sus `chupas´ de cuero y sus tachuelas reivindicativas, las que colgaron según el cochino dinero entraba a espuertas.

Dog Eat Dog vió la luz en 1992. Una apuesta arriesgada para los tiempos que corrían, pero atractiva para los que nos encontrábamos desprotegidos ante nuestra particular catástrofe de identidad. Las letras `fast food´ se convirtieron, en su mayoría (aún quedaba poso del desenfreno vivido), en mensajes con profundidad, con mayor poesía y, sobre todo, con cercanía a la realidad cotidiana alejada de la fantasía `rockstar´.

…Y la música…Las guitarras tomaron el control de una revuelta con ganas de no ser ni sofocada, ni intimidada por invasores externos o por la dejadez del hábito. La contundencia se enquistó en las raíces que los alzaron en sus orígenes y dio fruto en temas como Machine Gun, Hole In My Wall (talk box incluído), Bonfire (un Cherry Pie de acero), y los sobresalientes y robustos ejemplares de hard melódico de la casa como All my Bridges Are Burning y Quicksand. De su proceder inicial también tomaron la electro acústica Hollywood (So Far So Good), agridulce retrato de un pasado muy presente.

Baladas, cumbre mediática de la corriente, haberlas hubo. Let It Rain algo más desangelada que anteriores éxitos de la banda, o Sad Theresa daban muestra de ello. Pero la joya de la corona se la llevaba The Bitter Pill. Un piano exquisito conseguía acompañar, sin añadir innecesario azúcar, a la amarga píldora con la que Jani Lane traficaba emociones al límite de la legalidad, en un delirante soliloquio de auto respuesta inmediata. No contento con semejante logro, y para restar cualquier tipo de cesión a la plebe consumista de MTV, añade un coro furioso al más puro estilo de Wagner en su idioma nativo. Inesperado y temperamental giro, como el de cualquier relación pasional. Pero las sorpresas no acabaron ahí.

April 2031, que iniciándose con acordes más propios del neo clásico, estallaba en un riff asombrosamente tosco y dejaba reposar la cercanía de Lane sobre los efectos que se balancean en el tiroteo de melodías que, en diferentes espectros ornamentales, poseían al tema. Su temática distópica va un paso más allá con la incursión de un coro infantil que eleva la categoría a la de una `mini ópera rock´ y que tiene su continuación inmediata en Andy Warhol Was Right. Tanto en tiempo como en línea argumentativa, a través de las promesas de un niño y su deseo de mejorar su comportamiento a golpe de xilófono, no logramos salir a flote encarando tanto oleaje empecinado en alterar nuestra tolerancia frente a la improvisa desmadre compositiva. Sublime derroche de ingenio y empatía para con los diferentes receptores del género.

Inside Out se convirtió por siempre en su tema más pendenciero, más macarra y más heavy hasta la fecha. Bilis pura en un ejercicio vocal más pertinente en un Chuck Billy de Testament que, en el hasta ese momento conocido, Jani.

Todo lo descrito, compuesto en su totalidad por el malogrado y extrañado JANI LANE (R.I.P.). Todo un auténtico artista de su generación. Todo quedó embellecido con explosivos solos, coros obscenamente gruesos o por el contrario increíblemente armónicos, según exigiera el guion. Una sección rítmica nada desdeñable y precisa, orquestaciones y adornos tecnológicos que, para la época, eran artesanía orfebre. Todo con la formación original. Todo que acabó en nada, a pesar del mínimo impacto comercial. Nada para los hombres de corbata, pero TODO para los amantes del buen hard rock.

A la postre, la banda cedió al influjo imperante y, tras idas y venidas y el temprano fallecimiento de un Lane en decadencia, nunca tuvieron una segunda oportunidad. Completó, mientras nosotros celebrábamos las olimpiadas de Barcelona, una trilogía en la que las segundas y las terceras partes sí son buenas e irrepetibles. Inmenso.

Jesús Alijo “Lux”

 

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