SWEDEN ROCK 2017: Crónica y fotos

Uno no sabe ya cómo escribir sobre un festival del que ha hablado tanto. Por activa, recomendándolo a amigos, relatándolo en crónicas, recordando anécdotas o vistiendo sus camisetas. Por pasiva, desdeñando cualquier otro festival o, al menos, dándole siempre una importancia secundaria frente a lo que para mucha gente es el paraíso del rock en la tierra. No es una exageración si así es como lo sentimos cada año.

¿Entonces, qué queda por añadir? Poco, quizá. Se puede decir que el de 2017 ha sido un año como todos los demás, pero sólo de la misma forma en que se puede decir que la dosis de una droga sabe igual que todas las anteriores. Los componentes son casi iguales, pero las circunstancias lo cambian todo…y, por más que hayamos tenido, siempre queremos más. Además, ¿quién no quiere revivir esos momentos, repetir ese cosquilleo?

Martes, y llegan los encuentros, abrazos, los resúmenes del último año de tu vida en medio minuto, el suficiente tiempo como para verse las caras, echar una foto, y retirarse a descansar. Parece un momento superfluo, pero es el indicador perfecto de que “ya estás allí”, de que la rueda ha empezado a girar aunque aún no haya sonado ni un solo guitarrazo.

MIÉRCOLES

Con la noche pasada por agua, tocaba afrontar un comienzo del festival con amenazas de diluvio. El maestro de ceremonias de cada año, el emblemático “hombre de las camisas”, saldría al escenario a recordarnos que los del Sweden Rock son los mejores fans del mundo. No hay forma de saberlo, pero desde luego no puede decirse que mienta: con lluvia torrencial o sol abrasador, el “día pequeño” del festival estaba ya repleto de gente.

A nivel organizacional, cada vez es más difícil apreciar cambios, y es que la explanada de Norje es como una habitación que se ha dejado intacta hasta la vuelta de su inquilino. Todo en su sitio, todo reluciente. De haber algo, encontramos mejoras. Hubo también, eso sí, mayores medidas de seguridad a la hora de entrar, un cacheo más escrupuloso. Por todo el recinto caminaban ahora más policías -siempre amables y poco intrusivos-, pero ello no manchaba en nada el aspecto festivo de un lugar que sigue sin renunciar a su personalidad.

El Sweden Rock ha venido blandiendo eso que llama “el concepto”, un palabra que ha dado para mofas y cuestionamientos, pero que la organización se ha tomado siempre muy en serio. ¿Cuál es ese concepto? Un poco de todo para todo el mundo. Bandas grandes compartiendo espacio con otras menos conocidas pero igualmente disfrutables. En pocas palabras, el concepto que defiende el Sweden Rock es que, dentro de nuestro género favorito, las etiquetas pueden venirnos bien para atajar cuando no sabemos qué elegir, pero también pueden impedirnos descubrir música de verdad sorprendente a la que, de entrada, no pensábamos acercarnos. Por eso, en ese oasis en medio del desierto de bosques y silencio, la distancia entre el metal extremo y el AOR, entre las bandas indiscutibles y las promesas, se recorta hasta convertirse en la distancia entre dos escenarios.

El miércoles, día extra y más modesto (con menos horas, menor aforo y sin un cabeza de cartel claro), sirvió para constatar la buena salud de ese concepto tan bien diseñado. Todavía con los pasos inseguros en un terreno que es ya familiar pero que esconde siempre algún nuevo secreto (¿una nueva tienda? ¿un puesto de comida? ¿alguna atracción promocional para pasar los ratos muertos?), pisas el césped con la sensación de estar volviendo a casa, mientras la música empieza a sonar en el escenario inaugural. Es Emma Varg, y su rock de corte pop no cautiva demasiado: mucha gente aún está en los innumerables puestos que anteceden a la entrada del recinto, mucha otra llega tarde…algunos están ya borrachos y otros han ido directos a las tiendas de discos a pescar alguna rareza. La música ha empezado pero eso no parece importar. Sabemos que, de ahí en adelante, todo va a ir a mejor.

Mejorará el sonido, mejorarán las bandas, la asistencia, y hasta el tiempo. No inmediatamente, sin embargo: aún nos tocaría ver el insulso tributo a Led Zeppelin (llamado, insulsamente, A tribute to Led Zeppelin), cuyo máximo reclamo era ver a Pontus Snibb (Bonafide) a la batería, en unos zapatos que, como al resto de la banda, le quedaron tres tallas grandes. Le siguieron Art Nation, banda de cinco músicos (diez si contamos los teclados y los coros pregrabados) con afán de parecerse a H.E.A.T. más de lo saludable. Con todo, dieron el primer buen concierto del día, y el público respondió con ganas.

Aunque sin cabezas de cartel, el miércoles nunca está exento de un puñado de bandas deseables. Las de este año estaban en el terreno del rock duro y el heavy metal, cuatro bandas no precisamente exclusivas pero tampoco decepcionantes: Grand Magus aceleró por primera vez las revoluciones del festival, Helix dio un concierto muy estimable frente a una audiencia atenta, y Grave Digger dejaron el pabellón justo en el lugar adecuado para que Black Star Riders lo elevaran un poco más. La banda de Scott Gorham ha logrado zafarse de la banda que venían reviviendo para vencer con un producto que ni suena a nuevo ni se espera que lo haga: bajo la lluvia incesante, el quinteto gobernó una noche con (casi) sólo temas propios. Toda una hazaña.

En el reverso del cartel quedaron un par de nombres que pasaron desapercibidos entre tanta banda consagrada, pero que son, no nos engañemos, el futuro de este festival y de todos los demás. En la vertiente más rockera, el trío sueco Heavy Tiger dio un concierto de rock and roll macarra en la vena de AC/DC, The Hellacopters y Katie Perry. Con gotas de pop facilón y adolescente, el de Heavy Tiger se me hizo un plato de gusto agridulce, pero tiene todas las papeletas para convertirse en una de las próximas sensaciones de nuestra maltrecha escena. En el lado oscuro, Myrkur dio uno de los conciertos más insólitos de la edición 2017, una mezcla de death metal y voces clásicas que atrapaba aunque sólo fuera por el atrevimiento de semejante puesta en escena. Ahí, en la mezcla de cosas raras y bandas de toda la vida, estaba el concepto, y de ahí en adelante nos tocaba disfrutarlo durante tres días más.

JUEVES

Si preguntamos a un puñado de asistentes anuales por qué es el Sweden Rock un festival tan sobresaliente, es posible que demos con cuatro o cinco razones de peso. Great King Rat, la banda que abrió el primer día potente de la semana, podría funcionar como ejemplo vivo de una de esas razones. Banda divorciada décadas atrás, portadora orgullosa de un sobresaliente debut y su estimable continuación, Great King Rat era la clase de grupo que uno no pensaba ver nunca más. Los suecos dejaron la faz de la tierra y, teniendo cada miembro una vida distinta (Leif Sundin cantó en MSG, y Pontus Norgren es el guitarrista de Hammerfall), una reunión se antojaba improbable. Y, aunque sucediera, la falta de rodaje acabaría por enterrarlos. Sorpresa entre sorpresas, el quinteto dio un concierto de categoría, con un sonido excelente y una actuación a todos los niveles trabajada. Como un encuentro de viejos amigos, pareció por un momento que el tiempo no había pasado por sus vidas, y que podían hacer un show de la calidad de sus años jóvenes, si no mejor que entonces.

Lo especial se intercala con lo convencional, y a los suecos siguieron unos Apocalyptica sin capacidad de sorpresa, y unos Hardline que se toparon con una explanada a rebosar. Los norteamericanos había tocado en el mismo escenario unos pocos años antes, pero no por ello parecían haber perdido interés para la audiencia. De ahí en adelante, el renombre de las bandas fue en constante ascenso, aunque el nivel musical de éstas no siempre estuviera a la altura de las expectativas.


Coheed and Cambria tocando su disco emblemático (foto: Josefin Larsson)

Ian Hunter y su Rant Band tocaba al mismo tiempo en que Coheed and Cambria revisitaba su clásico “Good Apollo, I’m a Burning Star IV” (cosas de agenda, de variedad estilística y de meter ochenta bandas en cuatro días: a veces toca elegir la opción menos dolorosa). El viejo Ian prometía un show de clásicos de Mott the Hoople y Mott, pero éstos fueron intercalados con temas propios y algunos pasajes más lentos que aburrieron hasta la recta final, cuando los éxitos a los que puso voz en los setenta elevaron el nivel hasta la emoción. Como ocurre con otras muchas bandas, a Hunter el festival se le quedó grande, y es en salas de medio aforo donde él y su banda brillan de verdad. En otoño pasará por España, y ésa puede ser una buena ocasión para desquitarse de un sabor agridulce.

La carpa de la Rockklassiker está el viernes reservada para las bandas del proyecto NEMIS (New Music in Sweden), una iniciativa que, en los últimos años, ha puesto el foco sobre algunas bandas tan notables como MaidaVale. Este año era el momento de sacar a la luz el rock clásico de Svartanatt, que dieron un concierto correcto y acorde con sus tablas (es decir, un poco verde todavía), y la bomba escénica VA Rocks, un trío del sur de Suecia que está entre los Ramones y AC/DC. Las tres tipas se metieron al público en el bolsillo, y fueron, para el resto de la semana, uno de los nombres que más veces se repitió. Hay futuro.

En el apartado de molestas coincidencias, lo peor estaba por llegar. Si bien sabemos que no es fácil cuadrar unos horarios que complazcan a todo el mundo, la edición de este año ha acusado una torpeza más aguda de la habitual, haciendo chocar bandas que podrían haber aunado públicos. Mientras Fates Warning tocaban en el 4Sound Stage, el escenario principal era gobernado por Alter Bridge, que dieron un concierto sobrado de fuerzas. La banda de Myles Kennedy fue una de las muy pocas que consiguieron una respuesta del público acorde a su posición en el cartel, aprovechando la enormidad de un escenario que no le quedó grande en ningún momento. Terminó “Rise Today” y el escenario empezó a prepararse para el plato fuerte de la noche y, por qué no decirlo, de todo el festival.

De principio a fin, el concierto de Aerosmith estaba destinado a la gloria. Una gloria de plástico y artificio, pero gloria al fin y al cabo. Como si nos hubiesen metido en un Hard Rock Cafe a ver videoclips de la MTV, Tyler, Perry y su máquina de hacer billetes llevaron a hombros un show hecho para los ojos tanto como para los oídos. Arrancó su noche con “Let the music do the talking”, y de ahí hasta el final, la banda fue una locomotora imparable de hits. Cuando la marca que representa tu banda es más importante que la propia música, todo tiene que estar pensado hasta el milímetro, y al concierto de Aerosmith no pudo vérsele ni un sólo resquicio. Cada movimiento, cada “yeah”, cada dedo que señala entre el público, cada plano de cámara está tan pensado que salirse del guion podría cortocircuitar todo el entramado. Cuando la leyenda habla de los shows impredecibles y escandalosos de los gemelos tóxicos durante los setenta, la realidad actual evidencia todo lo contrario. Ver a Aerosmith hoy es ver a unos actores desempeñar un papel en el que están encasillados. Y eso, para quien goce del rock en su vertiente más cruda y directa, es una traba fundamental a la hora de disfrutar.


Aerosmith (foto: Jens Christian)

Musicalmente, eso sí, la banda fue un cañón. Tyler sigue siendo uno de los grandes showmen que quedan con vida y, aunque casi todos los agudos corrieron a cargo del teclista en la (casi) sombra Buck Johnson, aún le queda buena voz. Es capaz de corretear de aquí para allá, subirse al piano (con escaleras diseñadas para la ocasión), tirarse al suelo (previa esterilla colocada por uno de los cámaras), y aún tener aliento para cantarse casi todas las canciones con notable solvencia. El resto de músicos, sin lugar para sorpresas, cumplieron y aprovecharon el sonidazo que se esperaba de ellos. El “momento Perry” fue quizá algo menos celebrado, en parte por la pobre elección de las canciones (“Stop messin’ around” y “Oh well”, ambas de Fleetwood Mac), pero incluso ahí la banda dio lo mejor de sí. Ni siquiera la inclusión de cuatro versiones y tres medios tiempos deslucieron un setlist que, aunque se hubiese beneficiado de un poco más de setentas, satisfizo a la mayoría.

Podríamos pensar que lo mejor del festival ya estaba servido, pero esos juicios casi siempre se prueban falsos en el Sweden Rock, donde la calidad está, casi siempre, escondida donde menos se espera.

VIERNES

Alejada la amenaza de lluvias para lo que quedaba de semana, el Sweden Rock empezaba a acercarse al ideal paradisiaco que solemos tener en la cabeza antes de ir. Ambientazo, sonidazo, y una lista de bandas que nadie debía perderse.

Estaban los sospechosos habituales también, como Primal Fear, Gotthard o Mustasch. A la par tocaban Wishbone Ash, The Dead Daisies y Picture, y tocaba elegir. Mustasch, que reforzaron su sonido con una tercera (e innecesaria) guitarra, tiene en Gyllenhammar a un showman hecho y derecho, pero no era aún la hora de comer, y con el sol pegando fuerte, fue complicado involucrar al público tanto como acostumbra. La banda de Leo Leoni, con las tablas suficientes como para no amedrentarse ante el enorme escenario en el que tocaron, dio un estupendo concierto de hard rock cuya principal pega no estaba en la música, sino en el hecho de que es una banda tan vista que ya no sorprende.

La banda que no admitiría competencia era Wishbone Ash, que, sin saberlo, iban a hacer uno de los conciertos del festival. Incluso a media mañana, el clásico progresivo de guitarras dobladas cautivó a algunos miles, que escuchaban atentos y rompían en aplausos después de cada canción. Así se fue otro de esos momentos típicos del Sweden: uno no sabe si va a ver a una banda sin fuelle y sin ensayo o a una apisonadora sonora. Cuando hay suerte, el resultado es un concierto como el de Wishbone Ash. De ahí en adelante, el día no fue a mejor, pero sí mantuvo el nivel con algunos de los conciertos más interesantes de todo el fin de semana.

Kix, todavía rockeando (foto: Karolina Vohnsen)

Uno de ellos fue el de Kix, en su primera vez tocando en Suecia (¡la segunda en Europa!), en otro de esos conciertos en los que están en juego las ilusiones acumuladas durante años. El balance fue positivo. La banda, engrasada, con una imagen de banda peligrosa que no da dos conciertos iguales pero te los clava invariablemente. Steve Whiteman, con ropa y movimientos propios de Mick Jagger, llevó el show con soltura pero con una voz renqueante, sólo un poco por encima de la línea de lo inadmisible. Tocaron un poco de casi todos sus álbumes, aunque los mayores aplausos se los llevó el repertorio de “Blow My Fuse”. No fue un concierto perfecto, pero sí cayó del lado de los buenos, de los que se agradecen porque puede que sea la primera y última vez que los veamos en vivo.

Está claro que los juicios absolutos sobre qué banda estuvo por encima de las demás son vacuos. Depende en enorme medida de filias y fobias, de haber visto a la banda anteriormente en cinco ocasiones, o de haber comido algo que te esté volviendo el estómago del revés y te impida disfrutar. Algo de todo eso debió de suceder durante el concierto de Little Steven y sus Disciples of Soul. Acaparando todo el ancho del Festival Stage para acomodar a la decena de músicos que acompañaban a Van Zandt, el escudero de Springsteen que mejor ha sabido transmitir el espíritu de la Costa Este dio un concierto tan bueno como fría fue la reacción del público. El sonido era perfecto; el setlist, una gozada de blues, soul y rock and roll (la mayoría de los temas, reinterpretaciones de himnos que el pequeño Steve compuso para otra gente); la actuación, animada y dinámica.

Sin embargo, parecía que la banda de Little Steven había entrado en el festival equivocado, siendo quizá la banda más ¿blanda? de todo el cartel. Había alborozo aquí y allá, se veían brazos alzados de cuando en cuando, pero la sensación general era la de que su música no estaba calando. Un mal negocio para la organización, quizá, pero una bendición para quienes esperábamos el momento como uno de los highlights del festival. El bolo no llegó a la hora y cuarto programada, pero prometió que volvería, y nosotros recogeremos el guante.

Terminó el concierto y el asunto podría haberse terminado ahí. Quedaban dos platos de nombre fuerte pero sabor revenido. Los esperadísimos Ratt dieron un concierto potente al que se le acusó el mismo problema que a Kix unas pocas horas antes, pero mucho peor. A Stephen Pearcy no le molesta cantar mal, incluso alardear de ello, pero deja el resultado del conjunto en un disgusto para los oídos de la audiencia. Algo mejor terminaría la jornada con los cabezas de la noche, pero no mucho más.

Scorpions…una vez más (foto: Stefan Johansson)

En un eventual apocalipsis nuclear, sólo sobrevivirían las cucarachas, dicen. Pero también sobrevivirían las giras de Scorpions. Con una insistencia que hace tiempo que se hizo molesta, la banda de Meine y Schenker está haciendo lo que Neil Young consideraba mucho peor que arder: están desapareciendo lentamente, dando conciertos cada vez más insulsos, más planificados en su falta de sabor. Rescatan, es verdad, algunos temas de su primera época, condensan las baladas en un set intermedio (e interminable), y Mickey Dee aporta algo de novedad con su sola presencia, pero siguen abusando del mismo show que hace veinte años. La diferencia, claro, está en que la banda cada vez tiene menos fuerza, la voz de Meine está al borde del abismo, y es difícil creerse ese rollito alocado tan bien diseñado que lleva Rudolf Schenker de aquí para allá. La venta de tickets manda a la hora de elegir cabezas de cartel, y ante eso poco se puede hacer, pero la calidad de dinosaurios como Scorpions ya no está a la altura de su nombre y su caché.

SÁBADO

El intervalo entre edición y edición se hace más largo que un lustro, pero los cuatro días que dura el festival pasan en una exhalación. Un parpadeo y ya estábamos en el último día, un sábado cansado pero satisfecho, con la sensación de haber conseguido algo grande. Aguantar en pie tantas horas, o haber disfrutado de algunos de esos conciertos únicos. O simplemente estábamos felices de poder estar ahí, pasase lo que pasase sobre los escenarios.

Cuando las fuerzas menguan, hasta las bandas más potentes pueden relativizarse. Ya no apetece tanto hacer headbanging, cantar, aplaudir o aguantar de pie hasta el siguiente concierto. Pero tocaba mantener el entusiasmo, porque aún nos quedaban algunos de los mejores conciertos de la edición, algunas viejas bandas conocidas, y un evento único e irrepetible (literalmente).

Con el sol pegando fuerte, con legañas en nuestros ojos y con el peso de los días en nuestras espaldas, Electric Boys inauguraron el último zarpazo del Sweden Rock 2017, tocando en su integridad el clásico moderno “Groovus Maximus”, una orgía de rock y funk para la que contaron con dos coristas. Cuando estaban todos sobre el escenario, el sonido era tan impecable y la imagen de la banda tan atractiva, que era imposible no disfrutar: de haber tocado en mitad de la noche, podríamos hablar de uno de los conciertos del festival.

Algo parecido ocurrió con los infalibles Thunder. Por un setlist basado en su última etapa, por un escenario que se les quedó inmenso, o por esas malas horas en las que todo queda deslucido, la banda de Bowes dio un concierto objetivamente certero pero falto de respuesta de un público apático. No hubo ni una sola nota fuera de su sitio, pero a veces hace falta algo más que música para que la energía entre artistas y fans fluya. En su defensa toca decir que la repuesta del público no fue muy diferente de la que se vivió durante los cuatro días.

Estampa irrepetible, la Sweden Rock Orchestra (foto: Josefin Larsson)

Mejor fue el recibimiento de la peculiaridad sonora del 2017. Con una orquesta de sesenta miembros, un director (Ulf Wadenbrandt) pasado de revoluciones que se limitaba a llevar el tempo y los alocados Freak Kitchen como banda de acompañamiento, la expresamente formada Sweden Rock Orchestra partía con la ventaja de ser algo que sólo veríamos una vez en nuestras vidas, y la expectación, aunque sólo fuese por satisfacer nuestra curiosidad, parecía máxima. Conocíamos las líneas generales de lo que nos íbamos a encontrar, pero nos faltaba el detalle. Cuando comenzó el show, con una introducción a la que siguió la fabulosa “July Morning” en voz de John Lawton, se vio mejor qué nos íbamos a encontrar: leyendas del rock (y otras figuras con menor rango) cantando un par de temas propios realzados por vientos y las cuerdas.

Lawton recuperó a Uriah Heep, Joe Lynn Turner revisitó a Malmsteen y a Rainbow, un muy desmejorado Dan McCafferty hizo lo propio con Nazareth, Tarja volvió a Nightwish, igual que Joacim Cans con sus Hammerfall y Peter Tägtgren con Hyprocrisy y sus actuales Pain. Puro Sweden Rock: un poco de todas las épocas, un poco para todo el mundo. A veces, la orquesta parecía el complemento perfecto con los que escuchar las canciones. En otras, el peso de los temas los llevaba Freak Kitchen (todos los solos de guitarra, toda la base rítmica), y la orquesta era más un adorno agradable que una parte indispensable del conjunto. Al final, como no podía ser de otra forma, quedó la sensación de un concierto para fans casuales, recortando algunos temas (¡no hubo outro para “I surrender”!) y terminando, con el plantel de invitados al completo, al son de “Thunderstruck”. Una elección de consenso muy poco arriesgada. Los mejores fans del mundo también pueden ser los más exigentes.

Tras la desgraciada (en todos los sentidos) retirada de Kansas de todos los festivales europeos que tenía apalabrados, Dare pasaron a ocupar su puesto de forma atropellada. Una sustitución claramente insuficiente, y que se resolvió de manera algo torpe, al cambiar, para más inri, la hora en la que Rival Sons saldrían a tocar, al mismo tiempo que Carcass. Afortunadamente, no siempre hay que apostarlo todo al mismo número. Parte del concepto del Sweden Rock es también el que las bandas toquen un set completo (45 minutos en el peor de los casos), y eso daba algo de margen para ver un poco de cada uno. Carcass dieron un concierto enorme, rabioso, de sonido claro (eh, hablamos de death metal) y con un setlist que fue desde clásicos hasta su último y excelente disco.

Carcass, arrolladores (foto: Karolina Vohnsen)

Rival Sons, por su lado, dieron el que probablemente fue el show más compacto del festival, comiéndose el escenario principal y consiguiendo que el público coreara más que en todo el fin de semana. Aún no tienen disco malo, y en directo son ahora mejores que nunca, con la adición de un teclista que otorga cuerpo y deja algo de margen para que el guitarrista Scott Holiday haga los solos con más tranquilidad. Buchanan, por su parte, es un frontman elegante como pocos, comedido en movimientos pero absoluto en la entrega. Enormes. Cuando las bandas grandes se retiren (incluso Scorpions tendrá que hacerlo algún día), bandas como Rival Sons serán las estrellas indiscutibles.

Ahora sí, el sol empezaba a agacharse por el horizonte, y la sensación de que no quedaba nada era palpable, casi literal. Sí, estaban Saxon, con un show a doscientos por hora (cuya velocidad, todo sea dicho, cada vez es más difícil de alcanzar para el maestro Byford). De Saxon es imposible no disfrutar aunque sea un poco, pero con veinte o veinticinco bandas en la retina, es difícil meterse en un concierto que sabes cómo va a acabar. In Flames eran “los cabezas de cartel que sólo son cabezas por ser escandinavos” de este año. Antes lo fueron Sabaton, Volbeat, Europe, y el año que viene probablemente nos endosen a otra (¿Hellacopters? ¿Arch Enemy?)…una postura discutible, aunque consistente con una organización que siempre ha apostado por las bandas de su país. Al mismo tiempo que In Flames, otros suecos daban un concierto tan potente como sospechoso en el 4Sound Stage. Treat, celebrando el trigésimo aniversario de “Dreamhunter”, tocan en directo tanto como lo que meten pregrabado. Así, claro, todo sonaba como un cañón, tan rematadamente bien que si uno se dejaba engañar, podía estar viendo uno de los conciertos del festival. Si los niveles de artificio siguen su curso, puede que en un tiempo lo que veamos sobre el escenario sean hologramas.

La guinda de un pastel al que sólo le quedaban migajas vino de la forma más inesperada. Cerrando el festival, un tipo con nombre menos atractivo que la hora en que le tocó salir a escena, Rob Tognoni, resultó ser un showman del blues con madera de superestrella. Dominando el instrumento igual que dominaba su presencia sobre las tablas, el australiano fue atrayendo a los rebotados del escenario principal hacia la carpa (la carpa con el mejor sonido que encontrarás jamás), con unos juegos de manos que, en lugar de esconder carencias, resaltaban todas sus virtudes. Tognoni es un guitarrista versátil hasta lo irritable, le da a todos los palos que el blues permite, lo clava en cada ocasión, y siempre con una sonrisa y unos movimientos tan magnéticos que no te dejan cerrar la boca. Los dos músicos que lo acompañan, dos púberes con superpoderes, son el complemento que un guitarrista de blues necesita: dinámicos, versátiles como su líder, quizá no virtuosos pero sí extremadamente imaginativos. La noche parecía que no daba para más y resultó que nos encontramos con uno de los mejores shows antes de cerrar. Antes del sábado, unas dos mil personas ignoraban la existencia del tal Tognoni. Desde esa noche, esas dos mil personas recordarán seguro su nombre.


Una de las nuevas plataformas desde las que admirar los shows (foto: Stefan Johansson)

Sin grandes aspavientos (un cartel y un nivel de bandas dentro de lo normal para el Sweden Rock), sin cagadas descomunales (recordemos que por aquí han pasado Motley Crue, King Kobra y Kiss en sus peores tiempos) ni demasiados conciertos para el recuerdo (Wishbone Ash, Rob Tognoni y Little Steven harían probablemente el podio), otra edición del Sweden Rock se nos escapó de entre las manos. Se encienden los focos, el personal de limpieza empieza a recoger toda la basura desparramada (en unas horas parecerá que allí no ha ocurrido nada), y nos despedimos diciendo que volveremos, aunque eso nunca se sabe. Podría haber durado una semana, o incluso dos. Pero entonces se convertiría en algo menos deseado, lo empezaríamos a dar por sentado, y eso tampoco sería justo. Tal y como está ahora, el Sweden Rock es practicamente perfecto: nos rompe la rutina, nos carga las pilas, nos da la dosis diaria justa de rock and roll, y nos recuerda que, en lo que respecta a festivales, las cosas siempre se pueden mejorar. El 2018 nos lo volverá a demostrar.

Julen Figueras
Foto de portada: Josefin Larsson

Foto Scott Gorham (Black Star Riders: Stefan Johansson)

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