JONATHAN DAVIS – Black labyrinth (2018)

Jonathan Davis convulsionó a mediados de los noventa la escena musical internacional con sus retorcidos pasajes vocales, viscerales interpretaciones de exorcismo personal, sicoanálisis lírico de sus demonios y un registro de amplitud emocional que pasaba de quejidos provocados por heridas sin currar, reabiertas a través de sus textos de auto terapia anfetamínica, hasta bramidos infrahumanos de colérica manifestación anímica, arrollando entre medias dicciones y adicciones de melodía actoral. Su banda, KORN, lideró y evolucionó, con el tiempo, un género que arrasó entre millones de jóvenes y hastiados buscadores de fórmulas balsámicas que aliviaran el uso y el abuso de los cimientos de géneros metálicos sobrealimentados.

Pero no solo consiguieron capitanear una escena, sino que crearon toda una revolución estética que hasta contó con patrocinadores oficiales y que recibió años de gloria monetaria a través de una moda desenfadada que amenazaba con eclipsar la imagen arquetípica del rockero habitual.

Davis, de talento impronunciable y respeto generalizado, demostrado en sus composiciones para la olvidable cita cinéfila con QUEEN OF THE DAMNED ( con una banda sonora realmente buena y externalizada en labores vocales por problemas contractuales), ha capitaneado un barco que ha tenido que lidiar tanto con remansos de paz como con la furia de los océanos más inhóspitos para, en el presente actual, ser aún un foco mediático atrayente y deseado, con unos revitalizados KORN y, como ahora demuestra, en solitario.

Oficialmente Black Labyrinth es su primer disco de autor, a pesar de contar con dos referencias en directo bajo su nombre y SFA. Un disco en el que el peso de la labor de la escritura de los temas recae sobre el propio Davis, pero que cuenta, en ciertos temas, con la colaboración especial de Miles Mosley, Lauren Christy, Zac Baird y Gary Clarck, dotando al trabajo de cierto compromiso comercial.

La base Korn es exponencial, pero, añade a la paleta distintiva de su sonido elementos diferenciales, encontrando momentos realmente inspirados que hacen que el artista solucione ecuaciones de difícil planteamiento para nuestra capacidad comprensiva.

Underneath My Skin, Hapiness (con sus guturales finales, sobresalientes, dejando patente la versatilidad de Davis) o Your God (cierto tufillo progresivo en su desenlace), todas de ramalazo hambriento del Pop de los ochenta más vanguardista, siempre y cuando el término suscriba a aquellos años de riesgo superfluo, deja que estrofas o estribillos, alivien la carga de sus contrastes. Temas que anuncian una fiesta de excesos y posibles repercusiones, pero que aun así no merman la indiferencia al riesgo.

Final Days, inesperada como segundo tema, puro incienso de cortinas Orientales e Indias, guitarras limpias Funk y sitar, percusiones diversas y teclados profundos, de relax absoluto e introspección sin marchitar, pausada, como un lapsus previo a la laguna absoluta, nos posiciona, con meditación, en la vorágine narcótica que desarrolla el disco.

Everyone, o como la decisión a no ceder ni un milímetro en una abultada muchedumbre, con el ánimo de sentirse diferente (su letra no tiene desperdicio), y que desemboca en una reyerta de codazos para conceder una salida. Potente y a la vez detallada en ligereza.

Discotecas de luces irritantemente parpadeantes, desquiciantes baños de sombras y estribillos de filia instantánea en Walk On By, donde el baile sudado de éxtasis rebaja pulsaciones en el R & B maquillado con Pop de distorsión efectista en The Secret.

De sábanas mojadas, con ardiente facilidad, en otro estribillo con efectividad asegurada (Pop mainstream), Basic Needs masturba sonrojo pseudo industrial, atmósfera gótica, catarsis Hindú, precisión rítmica y violines punzantes, en una paja mental que da mayor juego que los sueños más salvajes de un adolescente libertino.

Medicate nos relega, con el recelo de la paranoia, a una esquina donde nos sintamos levitar sin levantar demasiadas sospechas. Trip Hop de alma de ceniza y pulmón cavernoso. Ropa interior de encaje raída por las polillas, frotándose contra el escueto espacio entre cuerpo y la gabardina oscura que lo cubre en su arritmia sensual. Please Tell Me prolonga, con las revoluciones aún más bajas pero con la misma insalubre excitación, un cortejo de marginados. Tan solo el arrebato del deseo levanta el ritmo en el final del tema (Muy a lo RHCP completamente vendidos a la comercialidad y a la modernidad).

What You Believe y continuar la fiesta en un garito “chic”, travestido de Lady Gaga, degradando las sensaciones a causa de la ingesta de píldoras sin adulterar KORN y el denso humo de una pipa encendida con instrumentos tribales.

Con Gender caemos en un coma profundo, al que los bofetones MARILYN MANSON le inducen a tocar un Nirvana de serie de cachondeo americana, instrumentación popular incluida, con la seriedad que ello conlleva para la salud.

What It Is engalonada con sus preciosos pianos descubren la belleza de un próximo epitafio a quien la vida se le fue de las manos. Una balada que no desentonaría en los grupos de Modern Rock actual y que, sin perder perspectiva desde donde acechan Davis y sus burlescos soliloquios, consigue superar a casi todas. De lo mejor del disco y de lo que va de año en ese estilo, lo siento SHINEDOWN.

Acertado paso discográfico para Davis (voz, guitarras, teclados, programación, violín, sitar y producción), que aunque persiste en buscar un escenario diferente al que pisa con su banda, encierra en su éxito el mantenerse con un pie atrás y otro aventurado a lo incierto. Múltiples matices de negro para incomodar, con una visión agridulce, a los planos descoloridos del brillante mundo alrededor. El tan temido “pero” solo empaña al minutaje, que de haber contado con algún tema menos, no se hubiera embarrado en densidad innecesaria.

Acompañado por un siempre deslumbrante baterista Ray Luzier, compañero en KORN, Wes Borland (LIMP BIZKIT) a las guitarras, Miles Mosley al bajo, Zac Baird teclados y programaciones, Mike Dillon percusión, Shenkar violín y voces adicionales, Djivan Gasparyan al duduk (instrumento de viento hecho de madera y propio de Armenia) y Byron Katie samples. Producido por Davis y Tiago Nunez, grabado por Jim Monti, mezclado por Josh Wilbur y Kyle McAulay, masterizado por Vlado Meller y con artwork de David Stoupakis.

Jesús Alijo “Lux”

 

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